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Nueva York, domingo 5 de noviembre, son las 6,15hrs de la mañana, el autobús se marcha con el equipo de Duendes. Nosotros no podemos acompañarles a los cajones de salida de la maratón. Quietos, observamos como parten, con la sensación de querer convertirnos de pronto en “liliputienses” y escondernos entre sus ropas para poder observar como están a lo largo de la carrera. Llevamos meses pendientes de su preparación, de cómo evolucionan, de su salud, su ánimo, su ilusión por correr esta maratón y por fin ha llegado su gran día. Pero nosotros no podemos acompañarles y nos preparamos para nuestra carrera personal, buscarles entre los más de 54.000 corredores que participan, como cada año, para grabar su hazaña y poder compartirla.

Nos colocamos a mitad de camino, queremos saber cómo van. Al primero al que vemos es a Adrián, con sus 18 años recién cumplidos y su diabetes tipo 1, viene acompañado de su padre, cansado, pero con esa sonrisa boba de saberse “SuperAdrián” por un día. Controlarle los niveles de azúcar es complicado, por eso su padre le acompaña en todo momento. Él no se para, saluda, pero sigue adelante. No quiere perder el ritmo, no es bueno.

Tras él, Ramón, con su “liebre”, quien le acompaña para darle apoyo, al que hemos tenido que ayudar a localizar a Ramón mediante GPS ya que se despistó un par de veces. Es normal, le está costando, no es fácil para él, puede desequilibrarse en cualquier momento. Además, a lo largo de todo el recorrido hay una multitud animando sin descanso, los gritos de aliento, los “go, go, go” y el ruido de las campanas son continuos a lo largo de los 42,195 km. Esto, que resulta muy atractivo para cualquiera, para Ramón es un ruido ensordecedor debido a su esclerosis múltiple, y llega a ser insoportable. Se paran y Ramón se acerca para hablar con su mujer y tranquilizarla, está bien, animado y feliz a pesar de todo. Siguen. La lluvia fina lleva cayendo todo el día y no parece querer desaparecer. 

En tercer lugar aparece More, le acompaña su mujer y un amigo que ya ha corrido numerosas veces el maratón de NY y que le aporta mucha seguridad. Viene grabándose con su GoPro, con ese humor de siempre, pero con los pies sufriendo. Nos dice que lo tiene controlado y bromea, nos habla casi sin pararse, tampoco quiere perder el ritmo.

Por último, las chicas, acompañadas de “Perdi”, su entrenador, su ángel de la guarda que llora casi más que ellas de la emoción que le supone verse allí con ese maravilloso grupo de mujeres supervivientes de cáncer. Ellas corren de la mano a ratitos, no paran de sonreír a pesar de los pañuelos en la cabeza, las amigas que quedaron atrás o los miedos que todavía rondan. Todo para adelante, que como dice la doctora González Cortijo, “se puede”.

Ya les hemos visto, ahora debemos ir rápido a la meta. Llegar antes que ellos para grabarles entrando, porque estamos seguros de que todos van a cruzarla. Llegamos peleándonos entre la gran multitud que hay en Central Park, para ubicarnos en las gradas de llegada, en un sitio desde el que puedan escucharnos según vayan llegando. Aun así vamos a tener que gritarles, hay demasiada gente. De nuevo Adrián es el primero. Su padre nos ve e intenta pararse, pero Adrián tira de él, le quedan 100 metros y está agotado. Quiere llegar. Luego le veremos camino al hotel siendo literalmente aguantado por su padre. Llega agotado. Aparece Ramón, que se abraza en ese momento a su compañero de carrera, feliz. Una sonrisa enorme les acompaña a la meta, lo ha conseguido. Debe ser impresionante sentirse así. More viene con cara de no haberlo pasado muy bien en sus últimos kilómetros, luego nos confesará que los pies le dolían muchísimo y que los últimos 800 metros se le hicieron interminables. Todos ellos han entrado antes de las 5 horas. Por último, entran las chicas. Es fácil reconocerlas, una mancha rosa se acerca a la meta, entran cogidas de las manos, sonriendo, llorando, felices.

Nadie les dijo que sería fácil, pero sí que lo intentaran. Y lo consiguieron. De eso se trata Duendes en NY, de gente con ese espíritu de superación capaz de al menos, intentarlo. Porque lo importante no era llegar a la meta, era disfrutar y aprender del camino hasta llegar. Objetivo cumplido. Ahora, ¿quién más se atreve a demostrar los beneficios que aporta el ejercicio físico?

Fotos: Alejandro Puzzo y Bruno Rabassa